viernes, 8 de mayo de 2026

Un año en la fotografía de naturaleza… y sigo siendo un novato - Parte 2

Empecé a escribir una entrada ayer resumiendo un poco este último año en fotografía de naturaleza. Pero, siendo sincero, sentí que me dejaba muchas cosas dentro. Por eso he decidido ampliar todo aquello en esta segunda parte.

Porque hay algo de lo que me apetecía hablar más profundamente: la parte humana y emocional de la fotografía. Todas esas experiencias que hacen que, incluso en los días malos, todo esto siga mereciendo la pena.

Cuando salgo al campo normalmente llevo una idea de lo que quiero hacer. Quizás buscar una especie concreta, aprovechar cierta luz o recorrer una zona determinada. Pero la realidad es que allí fuera no se controla absolutamente nada.

La luz preciosa puede desaparecer en cuestión de minutos tras unas nubes. Los insectos que esperabas encontrar no aparecen. Las aves cambian de comportamiento por la temperatura o el viento y deciden alimentarse en otra zona distinta. Incluso lugares que durante días han estado llenos de vida pueden parecer vacíos justo cuando tú llegas.

Y claro que eso puede frustrar. Claro que a veces cabrea.

Pero una de las cosas más importantes que estoy aprendiendo es que la naturaleza no gira alrededor de nuestras expectativas. Sigue su propio ritmo. Y cuanto antes aceptas eso, antes empiezas realmente a disfrutar.

Porque muchas veces las mejores experiencias llegan precisamente cuando dejas de intentar controlarlo todo.


He aprendido, por ejemplo, a cambiar la mirada cuando las cosas no salen como esperaba. Si voy buscando aves y no aparecen, pero me encuentro unas vacas preciosas bajo una luz increíble… ¿por qué no aprovechar? Si no llevo el objetivo macro, pero el campo está lleno de flores moviéndose con el viento… ¿por qué no hacerles fotos igualmente?

Salir y no encontrar “lo que buscabas” no significa que la salida esté perdida. A veces simplemente significa que tienes que mirar de otra manera.

Y lo curioso es que, en muchas ocasiones, cuando dejas de obsesionarte… termina apareciendo justo aquello que querías fotografiar desde el principio.

Algo así nos pasó hace unos días a mi padre y a mí.

Fuimos a una dehesa cercana a casa donde hay un pequeño río que nos gusta mucho. Estábamos inspeccionando posibles zonas para colocar el hide en el futuro, mientras aprovechábamos para observar aves y recorrer tranquilamente la zona.

Entonces escuchamos algo distinto.

Un sonido seco, repetitivo.

Un pájaro carpintero.Merlin Bird ID nos lo confirmó, pero ahora venía la parte complicada:

¿Dónde estaba?

Empezamos a buscarlo entre los árboles de la dehesa. Mi padre con los prismáticos. Yo con el 100-400mm. Ambos revisando ramas, troncos y huecos entre hojas.

Nada.

Finalmente mi padre detectó que el sonido parecía venir de un eucalipto al otro lado del río. Y aunque estábamos convencidos de que era allí… seguíamos sin verlo.

Así que empezamos a rodear la zona desde nuestra orilla.


Mientras tanto aproveché para hacer algunas fotos a otras aves. Un morito común que apareció de repente. Una hembra de pardillo. Algunas flores. Incluso grabé algunos clips de vídeo del río.

Había que aprovechar.

Pero el carpintero seguía escondido.

Al final no nos quedó otra opción que cruzar al otro lado del río. Por suerte el nivel del agua había bajado bastante y encontramos un pequeño paso entre rocas desde el que podíamos cruzar con algo de equilibrio y mucha fe.

Y entonces ocurrió lo peor:

el sonido desapareció.

Durante unos minutos no escuchamos ni un solo golpe contra el tronco.

Los nervios empezaron a aparecer. También esa sensación tan típica de pensar:

“Ya está. Se ha ido.”

Tanto buscar para nada.

Seguimos caminando igualmente. Más despacio. Observando.

Y entonces volvió a sonar.

Esta vez muy cerca.

Lo encontramos por fin en una zona alta del eucalipto, picoteando el tronco con una concentración absoluta. Paraba unos segundos, observaba alrededor y volvía a golpear la madera.

Recuerdo perfectamente la sensación de ese momento.

No sabía si quería hacerle fotos… o simplemente quedarme mirándolo.

Al final hice ambas cosas.


Le hice algunas fotografías. Grabé un pequeño vídeo. Pero después me limité a observarlo a través de la cámara, que me permitía sentirme más cerca suyo.

A escuchar el sonido del tronco.

A fijarme en el plumaje.

En sus pausas.

En la forma tan curiosa en que movía la cabeza mientras trabajaba.

Y sinceramente, ojalá pudiera explicar exactamente lo que sentí en ese momento. Pero creo que es imposible transmitirlo del todo.

Por eso me gusta tanto animar a la gente a salir ahí fuera y descubrir la naturaleza por sí misma.

No hace falta ni siquiera hacer fotografías.

Solo observar.

Porque cuando empiezas a mirar de verdad, descubres un mundo completamente distinto al que normalmente ignoramos.

Los gorriones, por ejemplo.

Todo el mundo ha visto gorriones miles de veces. Están ahí constantemente y casi dejamos de percibirlos.

Para mí han sido una fuente infinita de práctica. Les he hecho tantas fotos que, si siguieran usando los carretes de antaño, probablemente estaría arruinado pagando revelados.

Pero lo más importante no ha sido practicar fotografía.

Ha sido aprender a observarlos.

A entender cómo se comportan.

A anticiparme.


Descubrí, por ejemplo, que antes de entrar al comedero suelen pasar por varios puntos cercanos para comprobar si todo es seguro. Hacen exactamente lo mismo antes de entrar al nido. Y si algo no les convence… se marchan, esperan y vuelven a empezar el ritual.

También me hizo muchísima gracia descubrir cómo seleccionan semillas. A veces cogen una, la observan y la tiran al suelo porque no les interesa. Y mientras ellos descartan comida, las palomas y tórtolas aprovechan todo lo que cae.

Pequeñas escenas que normalmente pasan desapercibidas.

Y creo que eso es lo que más me está regalando la naturaleza: aprender a mirar despacio.

A escuchar.

A detenerme.

Porque también había olvidado algo muy importante: los olores.

El olor dulce del hinojo movido por el viento. La flor de azahar. La menta al rozarla al caminar. Incluso el olor fuerte de la tierra húmeda o de una vaca cerca del camino.

Y los sonidos.

Los pájaros.

Las hojas agitadas por la brisa.

El “tolón, tolón” de un cencerro a lo lejos.


O ver a los animales recién nacidos dando sus primeros saltos torpes por la hierba mientras buscan desesperadamente a su madre.

Todo eso estaba ahí antes.

Simplemente yo había dejado de prestarle atención.

Y creo que por eso este último año ha significado tanto para mí.

Porque siento que he vuelto a vivir un poco como hacen las flores en primavera.

Con la diferencia de que mi invierno no duró tres o cuatro meses.

Duró varios años.

Y hubo momentos en los que sinceramente pensé que jamás volvería a brotar.

La fotografía me ha ayudado muchísimo en todo este proceso. Pero creo que lo verdaderamente importante es que terminó convirtiéndose en la excusa perfecta para volver a salir ahí fuera.

Para moverme.

Para reconectar conmigo mismo.

Y también para conocer personas maravillosas que me animan, me apoyan y forman parte de este renacer más de lo que probablemente imaginan.


No sé qué me deparará este año.

No sé hasta dónde llegará todo esto.

Pero sí tengo claro algo:

no quiero volver atrás.

Quiero seguir aprendiendo. Seguir equivocándome. Seguir descubriendo aves, caminos, sonidos y lugares que siempre estuvieron ahí y que antes simplemente ignoraba.

Y, por supuesto, quiero seguir compartiendo todas estas aventuras y desventuras con vosotros.

Porque las cosas compartidas siempre se disfrutan mucho más.

Gracias, de corazón, por acompañarme en este camino.














1 comentario:

  1. Es eso exactamente la fotografía de fauna y naturaleza, aprender girar a su ritmo, no querer controlarla, fluir con ella, a mi me ha pasado muchas veces, pero de esos días sacas algo positivo, un nuevo sitio posible para fotografiar, lugares que no sabias que existian.

    ResponderEliminar