jueves, 7 de mayo de 2026

Un año en la fotografía de naturaleza… y sigo siendo un novato

Empecé a hacer fotografías en serio en 2009, cuando compré una EOS 1000D.

Durante muchos años hice sobre todo retrato y trabajé mucho con luz artificial. Pero en 2020 dejé la fotografía por completo (aunque desde dos años antes ya venía muy parado). La cámara se quedó guardada… y yo también, en cierto modo.

No fue hasta el verano pasado cuando volví a coger una cámara entre las manos. Recuerdo tener que reaprender cosas básicas con mi vieja Canon 7D, como si una parte de mí hubiera olvidado cómo mirar. No lograba ni recordar cómo cambiar los parámetros en manual. Me sentí patético.

Y entonces pasó algo inesperado: empecé a mirar hacia la naturaleza.

Pasé de estudios, flashes y retratos, a flores, insectos y luz natural. Todo era diferente. Más lento. Más imprevisible. Más vivo.


Tiempo después llegó la R50 y seguí explorando el macro, aunque con un RF 35mm limitado para lo que quería hacer. Yo ya tenía la vista puesta en las aves, pero siendo sinceros, con ese objetivo era prácticamente imposible. Aun así seguí saliendo al campo. Seguía aprendiendo. Y, sin darme cuenta, también estaba reconectando conmigo mismo a través de la naturaleza.

En medio de todo eso apareció el RF 24-105mm como un paso intermedio. Y la verdad es que me ayudó mucho. Durante otoño disfruté muchísimo fotografiando libélulas y otros pequeños encuentros con la naturaleza. Pero cada vez que veía un ave posarse lejos… notaba el límite. Se quedaba corto. Muy corto.

Mi idea siempre fue llegar al RF 100-400mm para aprovechar la primavera. Y no sé muy bien cómo, pero hace apenas un mes terminé consiguiéndolo.

Lo curioso es que siento que llevo un año entero usándolo.

He salido prácticamente todos los días. Horas y horas caminando, observando, disparando ráfagas absurdas y llenando discos duros de miles de fotos. Buenas… muy pocas, siendo honestos. Pero aprendizaje y experiencia, muchísimos.

Y aquí estoy ahora: soñando con un 800mm y una R7.
Y lo más surrealista es que, si todo sale bien, quizás los tenga antes de que termine el verano.

Todo ha ido muy rápido.

Pero hay algo importante que necesito recordar constantemente:

Soy nuevo en la fotografía de naturaleza.

Muy nuevo.


Desde 2009, hace apenas dos días fotografié mi primer conejo salvaje. Y ayer casi se me escapa otro. Hace un año no distinguía un jilguero de un gorrión. Ahora empiezo a reconocer aves en vuelo por su silueta, sus colores o su forma de moverse. Sigo equivocándome muchísimo, claro. Pero ahora veo diferencias donde antes solo veía “pájaros”.

Claro que he cambiado este último año. Ha habido avances, tropiezos, frustraciones y muchísimas rabietas. También ha crecido el equipo: hace poco llegaron el poncho, la ropa de camuflaje,… en unos días llegará el hide portatil. Poco a poco voy construyendo mi forma de vivir esta fotografía.

Y creo que eso es lo bonito de todo esto.

Porque si soy sincero, hace un año no sabía cuánto iba a durar.
No sabía si aguantaría más de dos meses haciendo fotografías macro. No sabía si aquello era una fase más o algo que realmente acabaría formando parte de mi vida.

Tampoco sabía que acabaría enamorándome de las aves hasta el punto de querer aprender sobre ellas, reconocer especies o emocionarme descubriendo algunas que ni me esperaría ver en las zonas que visito.


Y mucho menos imaginaba que mi padre iba a acompañarme en esta locura.

Él llevaba casi cuarenta años sin hacer fotografías. Cuarenta.

Y ahora lo veo emocionarse señalando aves, escuchando atentamente a Merlin Bird ID, preguntándome nombres de especies o contando orgulloso a otras personas los lugares donde hemos estado descubriendo aves, haciendo fotos y cuáles han sido las que vimos ese día.

Nunca imaginé que la fotografía podría unirnos todavía más.

Claro que la R7 me ayudaría muchísimo con aves y fauna. Pero, siendo sincero, hay otra razón más importante: compartir esto con mi padre. Es por él que me planteo cambiar de cuerpo tan pronto.

Imagino los dos dentro del hide. Él con la R50, yo con la R7. El 800mm y el 100-400mm apuntando hacia la laguna mientras comentamos lo que vemos, avisándonos de cada movimiento entre los juncos y disparando casi al mismo tiempo cuando aparece algo inesperado.

Y luego volver a casa, sentarnos con una tabla de quesos y una botella de vino mientras le contamos a mi madre todas las aventuras del día.

Y sinceramente… eso vale mucho más que cualquier cámara.


Así que sí, he avanzado. Mucho más de lo que esperaba.

Pero no quiero olvidarlo:

Sigo siendo el novato.
Sigo aprendiendo.
Y, en realidad… sigo sin saber casi nada.

1 comentario: