viernes, 8 de mayo de 2026

Un año en la fotografía de naturaleza… y sigo siendo un novato - Parte 2

Empecé a escribir una entrada ayer resumiendo un poco este último año en fotografía de naturaleza. Pero, siendo sincero, sentí que me dejaba muchas cosas dentro. Por eso he decidido ampliar todo aquello en esta segunda parte.

Porque hay algo de lo que me apetecía hablar más profundamente: la parte humana y emocional de la fotografía. Todas esas experiencias que hacen que, incluso en los días malos, todo esto siga mereciendo la pena.

Cuando salgo al campo normalmente llevo una idea de lo que quiero hacer. Quizás buscar una especie concreta, aprovechar cierta luz o recorrer una zona determinada. Pero la realidad es que allí fuera no se controla absolutamente nada.

La luz preciosa puede desaparecer en cuestión de minutos tras unas nubes. Los insectos que esperabas encontrar no aparecen. Las aves cambian de comportamiento por la temperatura o el viento y deciden alimentarse en otra zona distinta. Incluso lugares que durante días han estado llenos de vida pueden parecer vacíos justo cuando tú llegas.

Y claro que eso puede frustrar. Claro que a veces cabrea.

Pero una de las cosas más importantes que estoy aprendiendo es que la naturaleza no gira alrededor de nuestras expectativas. Sigue su propio ritmo. Y cuanto antes aceptas eso, antes empiezas realmente a disfrutar.

Porque muchas veces las mejores experiencias llegan precisamente cuando dejas de intentar controlarlo todo.


He aprendido, por ejemplo, a cambiar la mirada cuando las cosas no salen como esperaba. Si voy buscando aves y no aparecen, pero me encuentro unas vacas preciosas bajo una luz increíble… ¿por qué no aprovechar? Si no llevo el objetivo macro, pero el campo está lleno de flores moviéndose con el viento… ¿por qué no hacerles fotos igualmente?

Salir y no encontrar “lo que buscabas” no significa que la salida esté perdida. A veces simplemente significa que tienes que mirar de otra manera.

Y lo curioso es que, en muchas ocasiones, cuando dejas de obsesionarte… termina apareciendo justo aquello que querías fotografiar desde el principio.

Algo así nos pasó hace unos días a mi padre y a mí.

Fuimos a una dehesa cercana a casa donde hay un pequeño río que nos gusta mucho. Estábamos inspeccionando posibles zonas para colocar el hide en el futuro, mientras aprovechábamos para observar aves y recorrer tranquilamente la zona.

Entonces escuchamos algo distinto.

Un sonido seco, repetitivo.

Un pájaro carpintero.Merlin Bird ID nos lo confirmó, pero ahora venía la parte complicada:

¿Dónde estaba?

Empezamos a buscarlo entre los árboles de la dehesa. Mi padre con los prismáticos. Yo con el 100-400mm. Ambos revisando ramas, troncos y huecos entre hojas.

Nada.

Finalmente mi padre detectó que el sonido parecía venir de un eucalipto al otro lado del río. Y aunque estábamos convencidos de que era allí… seguíamos sin verlo.

Así que empezamos a rodear la zona desde nuestra orilla.


Mientras tanto aproveché para hacer algunas fotos a otras aves. Un morito común que apareció de repente. Una hembra de pardillo. Algunas flores. Incluso grabé algunos clips de vídeo del río.

Había que aprovechar.

Pero el carpintero seguía escondido.

Al final no nos quedó otra opción que cruzar al otro lado del río. Por suerte el nivel del agua había bajado bastante y encontramos un pequeño paso entre rocas desde el que podíamos cruzar con algo de equilibrio y mucha fe.

Y entonces ocurrió lo peor:

el sonido desapareció.

Durante unos minutos no escuchamos ni un solo golpe contra el tronco.

Los nervios empezaron a aparecer. También esa sensación tan típica de pensar:

“Ya está. Se ha ido.”

Tanto buscar para nada.

Seguimos caminando igualmente. Más despacio. Observando.

Y entonces volvió a sonar.

Esta vez muy cerca.

Lo encontramos por fin en una zona alta del eucalipto, picoteando el tronco con una concentración absoluta. Paraba unos segundos, observaba alrededor y volvía a golpear la madera.

Recuerdo perfectamente la sensación de ese momento.

No sabía si quería hacerle fotos… o simplemente quedarme mirándolo.

Al final hice ambas cosas.


Le hice algunas fotografías. Grabé un pequeño vídeo. Pero después me limité a observarlo a través de la cámara, que me permitía sentirme más cerca suyo.

A escuchar el sonido del tronco.

A fijarme en el plumaje.

En sus pausas.

En la forma tan curiosa en que movía la cabeza mientras trabajaba.

Y sinceramente, ojalá pudiera explicar exactamente lo que sentí en ese momento. Pero creo que es imposible transmitirlo del todo.

Por eso me gusta tanto animar a la gente a salir ahí fuera y descubrir la naturaleza por sí misma.

No hace falta ni siquiera hacer fotografías.

Solo observar.

Porque cuando empiezas a mirar de verdad, descubres un mundo completamente distinto al que normalmente ignoramos.

Los gorriones, por ejemplo.

Todo el mundo ha visto gorriones miles de veces. Están ahí constantemente y casi dejamos de percibirlos.

Para mí han sido una fuente infinita de práctica. Les he hecho tantas fotos que, si siguieran usando los carretes de antaño, probablemente estaría arruinado pagando revelados.

Pero lo más importante no ha sido practicar fotografía.

Ha sido aprender a observarlos.

A entender cómo se comportan.

A anticiparme.


Descubrí, por ejemplo, que antes de entrar al comedero suelen pasar por varios puntos cercanos para comprobar si todo es seguro. Hacen exactamente lo mismo antes de entrar al nido. Y si algo no les convence… se marchan, esperan y vuelven a empezar el ritual.

También me hizo muchísima gracia descubrir cómo seleccionan semillas. A veces cogen una, la observan y la tiran al suelo porque no les interesa. Y mientras ellos descartan comida, las palomas y tórtolas aprovechan todo lo que cae.

Pequeñas escenas que normalmente pasan desapercibidas.

Y creo que eso es lo que más me está regalando la naturaleza: aprender a mirar despacio.

A escuchar.

A detenerme.

Porque también había olvidado algo muy importante: los olores.

El olor dulce del hinojo movido por el viento. La flor de azahar. La menta al rozarla al caminar. Incluso el olor fuerte de la tierra húmeda o de una vaca cerca del camino.

Y los sonidos.

Los pájaros.

Las hojas agitadas por la brisa.

El “tolón, tolón” de un cencerro a lo lejos.


O ver a los animales recién nacidos dando sus primeros saltos torpes por la hierba mientras buscan desesperadamente a su madre.

Todo eso estaba ahí antes.

Simplemente yo había dejado de prestarle atención.

Y creo que por eso este último año ha significado tanto para mí.

Porque siento que he vuelto a vivir un poco como hacen las flores en primavera.

Con la diferencia de que mi invierno no duró tres o cuatro meses.

Duró varios años.

Y hubo momentos en los que sinceramente pensé que jamás volvería a brotar.

La fotografía me ha ayudado muchísimo en todo este proceso. Pero creo que lo verdaderamente importante es que terminó convirtiéndose en la excusa perfecta para volver a salir ahí fuera.

Para moverme.

Para reconectar conmigo mismo.

Y también para conocer personas maravillosas que me animan, me apoyan y forman parte de este renacer más de lo que probablemente imaginan.


No sé qué me deparará este año.

No sé hasta dónde llegará todo esto.

Pero sí tengo claro algo:

no quiero volver atrás.

Quiero seguir aprendiendo. Seguir equivocándome. Seguir descubriendo aves, caminos, sonidos y lugares que siempre estuvieron ahí y que antes simplemente ignoraba.

Y, por supuesto, quiero seguir compartiendo todas estas aventuras y desventuras con vosotros.

Porque las cosas compartidas siempre se disfrutan mucho más.

Gracias, de corazón, por acompañarme en este camino.














jueves, 7 de mayo de 2026

Un año en la fotografía de naturaleza… y sigo siendo un novato

Empecé a hacer fotografías en serio en 2009, cuando compré una EOS 1000D.

Durante muchos años hice sobre todo retrato y trabajé mucho con luz artificial. Pero en 2020 dejé la fotografía por completo (aunque desde dos años antes ya venía muy parado). La cámara se quedó guardada… y yo también, en cierto modo.

No fue hasta el verano pasado cuando volví a coger una cámara entre las manos. Recuerdo tener que reaprender cosas básicas con mi vieja Canon 7D, como si una parte de mí hubiera olvidado cómo mirar. No lograba ni recordar cómo cambiar los parámetros en manual. Me sentí patético.

Y entonces pasó algo inesperado: empecé a mirar hacia la naturaleza.

Pasé de estudios, flashes y retratos, a flores, insectos y luz natural. Todo era diferente. Más lento. Más imprevisible. Más vivo.


Tiempo después llegó la R50 y seguí explorando el macro, aunque con un RF 35mm limitado para lo que quería hacer. Yo ya tenía la vista puesta en las aves, pero siendo sinceros, con ese objetivo era prácticamente imposible. Aun así seguí saliendo al campo. Seguía aprendiendo. Y, sin darme cuenta, también estaba reconectando conmigo mismo a través de la naturaleza.

En medio de todo eso apareció el RF 24-105mm como un paso intermedio. Y la verdad es que me ayudó mucho. Durante otoño disfruté muchísimo fotografiando libélulas y otros pequeños encuentros con la naturaleza. Pero cada vez que veía un ave posarse lejos… notaba el límite. Se quedaba corto. Muy corto.

Mi idea siempre fue llegar al RF 100-400mm para aprovechar la primavera. Y no sé muy bien cómo, pero hace apenas un mes terminé consiguiéndolo.

Lo curioso es que siento que llevo un año entero usándolo.

He salido prácticamente todos los días. Horas y horas caminando, observando, disparando ráfagas absurdas y llenando discos duros de miles de fotos. Buenas… muy pocas, siendo honestos. Pero aprendizaje y experiencia, muchísimos.

Y aquí estoy ahora: soñando con un 800mm y una R7.
Y lo más surrealista es que, si todo sale bien, quizás los tenga antes de que termine el verano.

Todo ha ido muy rápido.

Pero hay algo importante que necesito recordar constantemente:

Soy nuevo en la fotografía de naturaleza.

Muy nuevo.


Desde 2009, hace apenas dos días fotografié mi primer conejo salvaje. Y ayer casi se me escapa otro. Hace un año no distinguía un jilguero de un gorrión. Ahora empiezo a reconocer aves en vuelo por su silueta, sus colores o su forma de moverse. Sigo equivocándome muchísimo, claro. Pero ahora veo diferencias donde antes solo veía “pájaros”.

Claro que he cambiado este último año. Ha habido avances, tropiezos, frustraciones y muchísimas rabietas. También ha crecido el equipo: hace poco llegaron el poncho, la ropa de camuflaje,… en unos días llegará el hide portatil. Poco a poco voy construyendo mi forma de vivir esta fotografía.

Y creo que eso es lo bonito de todo esto.

Porque si soy sincero, hace un año no sabía cuánto iba a durar.
No sabía si aguantaría más de dos meses haciendo fotografías macro. No sabía si aquello era una fase más o algo que realmente acabaría formando parte de mi vida.

Tampoco sabía que acabaría enamorándome de las aves hasta el punto de querer aprender sobre ellas, reconocer especies o emocionarme descubriendo algunas que ni me esperaría ver en las zonas que visito.


Y mucho menos imaginaba que mi padre iba a acompañarme en esta locura.

Él llevaba casi cuarenta años sin hacer fotografías. Cuarenta.

Y ahora lo veo emocionarse señalando aves, escuchando atentamente a Merlin Bird ID, preguntándome nombres de especies o contando orgulloso a otras personas los lugares donde hemos estado descubriendo aves, haciendo fotos y cuáles han sido las que vimos ese día.

Nunca imaginé que la fotografía podría unirnos todavía más.

Claro que la R7 me ayudaría muchísimo con aves y fauna. Pero, siendo sincero, hay otra razón más importante: compartir esto con mi padre. Es por él que me planteo cambiar de cuerpo tan pronto.

Imagino los dos dentro del hide. Él con la R50, yo con la R7. El 800mm y el 100-400mm apuntando hacia la laguna mientras comentamos lo que vemos, avisándonos de cada movimiento entre los juncos y disparando casi al mismo tiempo cuando aparece algo inesperado.

Y luego volver a casa, sentarnos con una tabla de quesos y una botella de vino mientras le contamos a mi madre todas las aventuras del día.

Y sinceramente… eso vale mucho más que cualquier cámara.


Así que sí, he avanzado. Mucho más de lo que esperaba.

Pero no quiero olvidarlo:

Sigo siendo el novato.
Sigo aprendiendo.
Y, en realidad… sigo sin saber casi nada.

miércoles, 22 de abril de 2026

Proyecto fotografía de pájaros en patio casero #3


Volvemos con una nueva actualización del comedero del patio, y esta vez con muy buenas noticias, aunque no especialmente extensas.

Después de bastante tiempo, por fin ha ocurrido algo que llevaba esperando desde el principio: ver a los pájaros comiendo directamente del comedero.

Hasta ahora, venían sin problema a por las semillas que tiraba al suelo o al tejado, pero el comedero… ni lo miraban.

Hace un par de días me llamó la atención que el nivel de semillas había bajado bastante. No le había estado prestando mucha atención en días anteriores, pero aquello era evidente: faltaba comida. Aun así, decidí no tocar nada y esperar un poco más.

Al día siguiente apenas quedaban semillas, ya prácticamente inaccesibles. Estaba claro que alguien había comido. Pero la duda era: ¿quién? En la entrada anterior comentaba que pensaba que podían ser ratones, ya que el comedero estaba en el suelo. Pero ahora lo tengo colgado, aproximadamente a un palmo.

Así que tocaba comprobarlo.

Lo rellené de nuevo y coloqué la webcam para observar desde el ordenador. Y lo que vi… me hizo literalmente gritar de alegría: gorriones posándose y comiendo sin parar. Un ir y venir constante. Y, en el suelo, tórtolas y palomas aprovechando todo lo que los gorriones dejaban caer.

Fue un momento mágico. De esos que te reconcilian con la espera y el proceso. Porque, sinceramente, ya empezaba a pensar que el comedero no iba a funcionar.

Pero funciona. Y eso cambia todo.

Es cierto que, por ahora, solo están viniendo gorriones, y me gustaría ver más variedad de especies. Pero este es un paso enorme.

Y hablando de pasos, el siguiente será ir subiendo el comedero poco a poco, palmo a palmo cada pocos días, hasta dejarlo finalmente colgado en la rama.

Seguiremos informando.

Gracias, como siempre, por estar ahí.

Vídeo de varias grabaciones en comedero: Youtube

Short youtube con mejor grabación: Youtube

Actualización:

Me llegó el poncho de camuflaje y lo puse a prueba en el patio y ha sido un éxito, aunque tuve que esperar algo más de media hora.

Adjunto fotos del poncho y las que he logrado, que, sin duda, son las mejores hasta ahora en el patio.














miércoles, 15 de abril de 2026

Merlin Bird ID: la app que todo amante y/o fotógrafo de las aves debería tener


En los últimos años han aparecido muchas aplicaciones para identificar aves, pero pocas han cambiado tanto la forma de observar naturaleza como Merlin Bird ID, creada por el Cornell Lab of Ornithology, una de las instituciones científicas más prestigiosas del mundo en el estudio de aves.

Lo que hace especial a Merlin es su precisión y su simplicidad. No necesitas ser experto: basta con grabar unos segundos del canto o subir una foto, y la app analiza el sonido o la imagen para ofrecerte una identificación muy fiable. Además, funciona sin conexión, algo perfecto para salidas al campo.

Su punto fuerte es el Sound ID, capaz de reconocer cantos y reclamos en tiempo real. Esto permite descubrir especies que quizá no llegas a ver, entender qué está ocurriendo a tu alrededor y aprender muchísimo más rápido.

A todo esto se suma una base de datos enorme, guías visuales, mapas de distribución y grabaciones de referencia de gran calidad. Y lo mejor: es completamente gratuita.

Merlin no solo identifica aves. Te enseña a escucharlas, a fijarte en detalles y a disfrutar más de cada paseo.

Por eso os la recomiendo y porque yo mismo la uso en cada salida que hago. Me ha ayudado muchísimo y gracias a ella he logrado empezar a aprender sobre ornitología.

Os dejo, también un vídeo que he grabado para unos amigos, explicando cómo funciona de forma breve.

Descargar | Android

Descargar | iOS

Más información | Cornell Lab

Vídeo | Youtube



lunes, 13 de abril de 2026

Canon RF 100‑400mm: primeras impresiones de un sueño cumplido

 


Después de mucho soñar, sufrir y esperar, por fin tengo el 100‑400 mm en mis manos. Y… ufff… qué sensación.

Lo primero que noté fue el peso: más contundente que el 24‑105 mm, más robusto, más “herramienta de verdad”. Lo agarras y ya te sientes poderoso.


Hoy el día está gris a rabiar, pero aun así he podido hacer unas primeras pruebas. Tenía mis miedos —que si la calidad, que si no sabría manejarlo, que si sería demasiado para mí— tonterías que se nos meten en la cabeza. Y la verdad: estoy encantado. Sé que aún tengo que aprender a medir mejor la luz en aves y a sacarle todo el jugo, pero las sensaciones son buenísimas. Tanto en aves como en macro.


Por qué elegí este objetivo 

Regresé a la fotografía haciendo macro. Me gustaba, pero pronto me di cuenta de que había mucho más que insectos a mi alrededor: aves, mamíferos, vida por todas partes. Quise dejar de mirar solo hacia abajo y empezar a mirar al frente… y hacia arriba. El problema era que solo tenía un 35 mm.

Ahorrando, conseguí un 24‑105 mm f/5.6‑7.1. No era lo que quería, pero era lo que podía permitirme. Además, era versátil: si al final el mundo de las aves no me enganchaba, no sería dinero tirado. Pero me enganchó. Y mucho. Y el 105 mm se quedó corto enseguida. Absurdamente corto. Así que me puse una meta: conseguir el 100‑400 mm. 

¿Que me habría gustado el 200‑800 mm? Claro. ¿Que no nado en dinero? También. Así que opté por lo que puedo permitirme y, sobre todo, por lo que me puede dar horas de diversión, aprendizaje y experiencia. 

Es como comprar un coche normalito para empezar: no es un Bugatti, pero tampoco un trasto de hace 20 años. Es lo adecuado para este momento y para mi bolsillo.

Lo que espero aprender

Lo divido en dos bloques: fotografía y naturaleza.

Fotografía

Quiero aprender a:

fotografiar aves en movimiento
controlar la luz cuando hay mucho contraste
buscar mejores encuadres
prestar más atención al fondo
ser paciente

Naturaleza

Sé poco de aves, y este objetivo me ha abierto la puerta a un mundo apasionante.
Comportamientos, hábitos, sonidos, movimientos… cada día descubro algo que me maravilla.
Amo la naturaleza, y esto es naturaleza en estado puro.

Y sí, ahora me centro en aves porque es lo que más veo en mi entorno.
Sé que hay mamíferos, ovejas, vacas, perros, para los que no necesitaba este objetivo, aunque me vendrá bien igualmente.

Y otros que sé que existen pero nunca he visto: jabalíes, zorros, conejos… ojalá algún día pueda fotografiarlos.

100mm

400mm (con algo de recorte)

Pequeña anécdota de estreno

La primera prueba fue desde la ventana que da al campanario.
El año pasado hice fotos con el 70‑200 mm de mi antigua DSLR. No estaban mal, pero se notaba que no llegaba ni en alcance ni en calidad. Luego pasé a mirrorless y el 24‑105 mm hacía lo que podía… y gracias.

Hoy disparé primero a 100 mm y luego a 400 mm.

El momento de ver la diferencia, de sentir lo cerca que estaba, de distinguir cómo el viento movía el plumaje de las palomas… me hizo sonreír como un niño.

Y mientras seguía probándolo, en mi cabeza sonaba sin parar Absolutely Fabulous de Pet Shop Boys.

Primeras sensaciones reales

Por ejemplo, la foto del insecto volando no es perfecta (era la primera vez que lo intentaba), pero pude seguirlo en vuelo, mantener el foco y congelarlo con un fondo precioso. Eso ya me dice que, ajustando un poco la velocidad para dejar ver el aleteo y cerrando un poco más el diafragma, lo tengo. Aún así me encanta esa foto, me fascinan los colores, el desenfoque... todo.



Pero donde de verdad me ha sorprendido es en las aves a distancia. He podido ver palomas y la cigüeña del campanario que tengo a unos 300 m. Y en el otro campanario, que estará a 150–200 m, incluso distinguir gorriones. Y ojo: distinguirlos de verdad.



Creo que voy a disfrutar muchísimo esta adquisición. Más de lo que imaginaba. Estoy muy contento y tenía que compartirlo con vosotros.

Ya os iré contando más cositas.





Más información | Canon 






sábado, 4 de abril de 2026

Si no podemos ir lejos, tendremos que mirar mejor

Cuando el combustible encarece las escapadas, quizá sea el momento de redescubrir nuestro entorno… y también de crecer como fotógrafos desde otro lugar.

En estos días se está hablando mucho de posibles restricciones, racionamientos y de una movilidad cada vez más condicionada por el precio del combustible. No sabemos hasta dónde llegará todo esto, ni si terminará aplicándose algo concreto. Pero hay una realidad que ya está aquí y que muchos ya notamos: moverse cuesta más.

Y eso, aunque no sea una prohibición, también limita.

Porque no hace falta que te impidan salir para sentir que ciertas escapadas ya no son tan fáciles como antes. Para muchos fotógrafos, eso significa algo más que hacer menos kilómetros: significa perder parte de ese aire nuevo que tantas veces nos ayuda a mirar distinto.



Cuando el mapa se reduce

Hay quien vive la fotografía a través de pequeñas salidas de fin de semana. Hay quien necesita cambiar de entorno para reencontrarse con la motivación. Hay quien busca naturaleza, fauna o paisajes que no tiene cerca. Y hay quien, simplemente, disfruta de la sensación de descubrir lugares nuevos con la cámara al hombro.

Por eso es normal que esta situación genere frustración.

Pero también puede obligarnos a hacer algo que a veces olvidamos: mirar mejor.

Muchas veces creemos que hacemos mejores fotos porque hemos ido más lejos, cuando en realidad lo que nos ayuda es el estímulo de estar en un sitio nuevo. Y cuando ese recurso se reduce, aparece una pregunta importante:
¿qué pasa cuando ya no puedes apoyarte en la novedad?

La respuesta es sencilla: entra en juego la mirada de verdad.

Volver a mirar lo cercano

Cuando el territorio se reduce, el fotógrafo tiene dos opciones: pensar que ya no hay nada que hacer, o aceptar el reto de trabajar con lo que tiene cerca.

Y ahí puede empezar algo muy valioso.

A veces creemos que nuestro entorno ya no tiene nada que ofrecernos, cuando en realidad lo que ocurre es que lo hemos normalizado. Pero no es lo mismo pasar por un lugar que fotografiarlo de verdad. No es lo mismo ver una calle o un camino todos los días que observar cómo cambia con la luz, con la estación, con el clima o con el paso del tiempo.

Lo digo, además, desde la experiencia.

En mi caso, por mi situación personal, llevo mucho tiempo moviéndome en un radio muy reducido. Apenas he tenido unas pocas salidas en muchos meses, y casi siempre a lugares cercanos. Sin embargo, mi fotografía no ha empeorado. Al contrario: ha seguido cambiando, adaptándose y creciendo con lo que tenía delante.

Porque el mismo entorno nunca es exactamente el mismo.

Cambian las flores. Cambian los insectos. Cambia la luz. Cambia el paisaje. Cuando no hay insectos, aparecen los pájaros. Cuando no están, queda la crudeza del otoño o la atmósfera del invierno. Y hasta cuando parece que repites una fotografía, siempre existe otra posibilidad: mejorarla, reinterpretarla o buscar un matiz distinto.

Algunas de mis fotografías favoritas las he tomado a menos de 50 metros de mi casa. 

Una flor que ayer fotografiaste desde arriba, mañana quizá te pida un lateral. O un contrapicado. O dejar pasar la luz a través de los pétalos. A veces no hace falta un lugar nuevo. Hace falta una mirada nueva.



Cambiar de género también es avanzar

Si normalmente haces paisaje, quizá sea el momento de fijarte en detalles, texturas, árboles aislados, geometrías, sombras, interiores o pequeñas escenas cotidianas que antes pasaban desapercibidas.

Si siempre buscas amplitud, quizá toque acercarse.

Si dependes de la escapada, quizá este sea el momento de aprender a trabajar con repetición, con paciencia y con profundidad.

Y sí, también está la opción de fotografiar en casa. Personalmente no es una fotografía que me atraiga demasiado, pero eso no significa que no pueda ser útil. A veces no hace falta enamorarse de ella: basta con entenderla como un entrenamiento para la luz, la composición, la observación y la creatividad dentro de los límites.


Menos desplazamientos, más formación

Y hay algo más que quizá no solemos pensar lo suficiente: hacer menos kilómetros también puede significar ganar tiempo.

Menos tiempo en carretera, menos tiempo organizando desplazamientos, menos energía puesta en llegar… y más margen para invertirlo en otra parte fundamental de la fotografía: formarse.

Cuando las circunstancias no acompañan —por clima, por tiempo o por simple imposibilidad de salir— eso no significa quedarse quieto. También se puede seguir avanzando estudiando a otros fotógrafos, analizando imágenes, tomando ideas, aprendiendo técnicas o profundizando en la edición, que muchas veces es la gran olvidada.

Hoy tenemos acceso a muchísimos recursos, tanto gratuitos como de pago, desde cualquier dispositivo con conexión a internet. Cursos, charlas, entrevistas, libros digitales, tutoriales, clases, análisis de proyectos… A veces no necesitamos salir más para crecer como fotógrafos. A veces necesitamos parar un poco y aprender mejor.

No está todo perdido

No, no es la situación ideal. No hace falta disfrazarla de oportunidad perfecta ni convertirla en un discurso vacío. Es normal que fastidie. Es normal que dé rabia. Es normal sentir que nos recortan parte de algo que disfrutamos.

Pero también es verdad que no está todo perdido.

Se puede seguir fotografiando. Se puede seguir aprendiendo. Se puede seguir creciendo. Quizá no como habíamos planeado, quizá no con la libertad de antes, pero sí de otras formas.

Puede que durante un tiempo tengamos menos kilómetros.

Pero eso no significa menos fotografía.

Porque a veces, cuando el mapa se reduce, la mirada no se apaga:
se afina.

martes, 24 de marzo de 2026

Proyecto fotografía de pájaros en patio casero #2

Segunda entrega: avanzando en mi proyecto de fotografía de aves en el patio

En esta segunda entrega quiero compartir cómo ha evolucionado mi pequeño proyecto de fotografía de aves desde la última actualización. No ha sido un camino sencillo: el mal tiempo, la escasa actividad y un poco de desánimo han frenado el avance. Aun así, como en cualquier proyecto fotográfico de naturaleza, la paciencia suele ser la mejor aliada. Sabía que, tarde o temprano, llegaría el momento de volver a intentarlo.

Ajustando la estrategia: semillas, comederos y experimentos

Con la mejora del clima retomé las pruebas. Empecé esparciendo semillas por el suelo para comprobar si realmente había actividad. Desaparecían, así que algo pasaba por allí. Siguiendo los consejos de Raúl Bernabéu, probé también a colocar el comedero directamente en el suelo e ir elevándolo poco a poco mediante una cuerda hasta situarlo en la rama donde quiero fotografiar a las aves.

Sin embargo, no tengo claro que los pájaros lleguen a comer del comedero cuando está tan bajo. Lo he encontrado volcado un par de veces y, en una ocasión, faltaban demasiadas semillas. Todo apunta a que algún ratón nocturno se dio un festín. Era difícil saberlo… hasta ahora.



Un paso clave: vigilancia remota para observar sin interferir

Aquí llega la parte más importante de esta entrega. He conseguido montar un sistema de vigilancia remota que me permite observar lo que ocurre durante largos periodos sin acercarme al patio. No he instalado una cámara de vigilancia profesional; para ahorrar, estoy usando un viejo teléfono como webcam remota, retransmitiendo directamente al ordenador. Tener varios monitores ayuda mucho para vigilar sin interrumpir mi flujo de trabajo.

En el siguiente vídeo explico cómo lo he montado y qué aplicación utilizo:

Ver vídeo

Perdonad el caos visual: estamos en plena limpieza primaveral del patio, moviendo escombros y reorganizando todo.

Primeras observaciones: confirmando visitas y patrones

A pesar del desorden, ya he logrado grabar a varios gorriones comiendo semillas del suelo. El comedero, por ahora, sigue intacto y sin visitas. Paciencia. Esta es solo la primera sesión de observación.

Lo importante es que ya he podido confirmar actividad real: tres gorriones posados en el suelo, uno de ellos comiendo con ganas. Aunque la calidad del vídeo no sea perfecta, me permite saber que las aves vienen de verdad y que no son otros animales quienes se llevan la comida.



Este tipo de observación es clave en fotografía de fauna. Me ayudará a:

  • Identificar horarios de mayor actividad
  • Reconocer comportamientos sin interferir
  • Saber cuándo y dónde colocarme con la cámara
  • Evaluar si el comedero funciona o necesita ajustes
  • Detectar posibles nuevas especies además de gorriones y palomas

Aquí os dejo el primer clip que he conseguido grabar:

Ver Vídeo

Próximos pasos: más grabaciones y, con suerte, las primeras fotos

Mi idea es seguir grabando y analizando la actividad. Con un poco de suerte, en la próxima entrega podré traer vídeos más interesantes y, ojalá, alguna fotografía decente. Esto es un proceso de aprendizaje y cualquier consejo que queráis compartir será más que bienvenido.

Un saludo,
Daniel

App webcam | Iriun Webcam