Recientemente he observado algo en mi entorno que me ha llevado a reflexionar.
Me refiero a los estados de WhatsApp.
Antes casi nunca los usaba, pero desde que retomé la fotografía el año pasado, se han convertido en una especie de pequeño escaparate para mis imágenes. A veces incluso publico allí fotos que ni siquiera llegan a Instagram.
Solo duran 24 horas, pero cualquiera que tenga mi contacto puede verlas. Y, por si sirve como dato, suelen tener entre 30 y 60 visualizaciones de media. ¿Es mucho? ¿Es poco? Me importa bastante poco. Solo es un dato.
Pero, ¿Dónde está la reflexión?
Bueno, si seguís un poco lo que hago, habréis visto que en los últimos meses he dedicado gran parte de mis fotografías a la naturaleza. Con más o menos acierto. También he subido alguna foto de edificios, alguna práctica nocturna… en fin, cosas sueltas.
Con ese tipo de fotos es raro no recibir algún corazón. Y también es raro no recibir, al menos, algún comentario. No las publico por eso, claro. Las publico porque me gusta compartir la belleza de lo que veo, sin más. Aunque, evidentemente, siempre sienta bien que se reciban con agrado.
El caso es que ayer salí con mis padres y unos amigos. Hice unos cuantos selfies: uno mío, otro con mi madre y otro con mis dos padres.
Y esas han sido, con diferencia, las fotos que más corazones han recibido en todos estos meses.
Fotos hechas con la cámara frontal del móvil. Con una calidad pésima. Sin preparación. Sin técnica. Sin intención fotográfica más allá del momento. Pero muestran a tres personas “conocidas”.
Y ahí me vino la pregunta:
¿Tiene menos cabida el arte, la belleza de un paisaje o de una imagen pensada, que el simple hecho de ver a alguien que conoces, aunque sea en una foto cualquiera?
Supongo que también influye el tipo de público que tengo en mis contactos. Por lo general, no son personas especialmente interesadas en la fotografía, como sí podría ocurrir en una comunidad dedicada a ello o en un grupo de Flickr. Y es verdad que, aunque a mí me hayan visto en algún selfie estos meses, a mis padres no tanto. Pero aun así, me llamó la atención. Porque, de hecho, suele pasar cada vez que subo alguna foto con mi madre.
Quizá solo le esté dando vueltas a un tema sin demasiado sentido. O quizá no.
Pero me hizo pensar en algo: a veces una fotografía no conecta por lo buena que sea, ni por su luz, ni por su composición.
A veces conecta simplemente porque muestra a alguien que queremos, a alguien que conocemos, o a alguien al que sentimos más cerca de lo que pensábamos.
Y quizá por eso una foto hecha deprisa, con mala cámara y sin ninguna pretensión, puede despertar mucho más que una imagen cuidada al detalle.
No porque tenga más valor fotográfico. Sino porque tiene más valor emocional.